Estoicismo Romano


"El destino de los sabios, es decir el de los hombres superiores, es la lucha; si son derribados, deben continuar el combate aunque sea de rodillas. Y ante la evidencia de una derrota, queda un último recurso para ser libres: el suicidio"

En este segundo periodo del Estoicismo, como hemos visto, algunos de sus representantes más destacados, como Posidonio, introdujo estas ideas entre las elites romanas. Surge así lo que se conoce como “Estoicismo nuevo” o “Romano”. Y surgirán grandes pensadores de este movimiento, como Seneca, Marco Aurelio o Epicteto, de los que hablaremos dentro de un ratico.

Los filósofos de esta etapa han llegado a ser mucho más famosos y conocidos que los estoicos antiguos (y sus obras son las conservadas en mayor número), y materializaron la implantación del estoicismo como la principal doctrina de las élites romanas.

Pero ya no es aquel antiguo estoicismo que creó Zenón de Citio.

En roma el estoicismo adquirió un devenir eminentemente práctico, pasando a un segundo plano los planteamientos lógicos, metafísicos o físicos. Así se desarrolló principalmente la dimensión ética del estoicismo, que, al fin y al cabo, era lo más importante de las antiguas doctrinas.

Uno de los principales exponentes de esta etapa del estoicismo fue Lucio Anneo Séneca (4 a. C. –65 d. C.), uno de los escritores romanos más conocidos y quizá el estoico mejor conocido. Cordobés de nacimiento (aunque existen dudas respecto a esto), fue, además de filosofo, escritor y político, con diversos cargos durante los gobiernos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón (del que fue tutor y consejero).

Su padre, Marco Anneo Séneca, fue un procurador imperial que se convirtió en una auténtica eminencia de la retórica, el arte de la oratoria y del debate. Lo cierto es que pertenecía a una familia pudiente hispana. Pronto se traslada a Roma, y en el 16 d. C. a Alejandría, en Egipto, donde estudio geografía, etnografía y ciencias naturales, además de acceder a los cultos místicos orientales que existían en Egipto, lo que llevó a inclinarse hacia el misticismo pitagórico enseñado por Sotión, y los cultos de Isis y Serapis, que por aquel entonces ganaban gran número de adeptos entre los romanos. Posteriormente se inclinó hacia el estoicismo, filosofía que adoptaría hasta el fin de sus días. Y seguramente fue por algún viaje que hizo a Atenas.

Por aquella época comienza su carrera política en Roma. Así en el año 31 es nombrado Cuestor, en época de Tiberio. Cuando Calígula sucede a este, en el 37, se había convertido en el principal orador del Senado, levantando la envidia y los celos del nuevo y megalómano César, el cual, de acuerdo con el historiador Dión Casio, ordenó su ejecución. La sentencia fue revocada, pero, Seneca decidió retirarse de la vida pública. En el 41 palma Calígula, y llega Claudio. Y de nuevo fue condenado a muerte, no se sabe muy bien porque. Y de nuevo la pena fue conmutada, esta vez por un destierro forzoso.

Así se exilió en Córcega, donde estuvo unos 8 años. Tras la caída de Mesalina, la nueva esposa de Claudio, la también célebre Agripina la Menor, consiguió para él el perdón imperial. Se le llamó a Roma y se le nombró pretor en la ciudad. El favor imperial no acabó ahí, pues en el año 51, a instancias, de nuevo, de Agripina, se le nombró tutor del joven Lucio Domicio Ahenobarbo, futuro Nerón, y que era hijo de un matrimonio anterior de Agripina.

En el año 54, el emperador Claudio murió (según la mayoría de las fuentes históricas, envenenado por la propia Agripina), y su hijastro Nerón subió al poder. Séneca fue nombrado consejero político y ministro. Durante los ocho años siguientes, junto con Burro, gobernó de hecho el imperio romano, frenando los excesos del joven Nerón, al tiempo que evitaban depositar gran poder real en manos de Agripina. Pero, conforme Nerón fue creciendo, comenzó a liberarse de la influencia de Séneca, de tal forma que, al mismo tiempo que el ejercicio del poder iba desgastando al filósofo, comenzaba a perder influencia sobre su pupilo.

Así, en el año 58 fue acusado de acostarse con Agripina, en una clara campaña de desprestigio, en la que se le acusó, además, deplorar el tiránico régimen imperial, de extravagancia en sus banquetes, hipocresía y adulación en sus escritos, usura, y, sobre todo, excesiva riqueza. En el año 59, la antiguamente gran valedora de Séneca, Agripina, fue asesinada por Nerón, marcando el inicio del fin de Séneca.

En el 62 pidió a Nerón retirarse de la vida pública, y ofreció toda su fortuna al emperador. Al mismo tiempo, comenzó a redactar una de sus obras más famosas, las “Cartas a Lucilio”, auténtico ejemplo de ensayo, en las que Séneca ofrece todo tipo de sabios consejos y reflexiones a Lucilio, un amigo íntimo que supuestamente ejercía como procurador romano en Sicilia.

En el año 65 se le acusó de estar implicado en la famosa conjura de Pisón contra Nerón. Fue, junto con muchos otros, condenado a muerte, víctima de la conjura fracasada.

Sabiendo que Nerón actuaría con crueldad sobre él, decidió abrirse las venas en el mismo lugar, cortándose los brazos y las piernas. Su esposa Paulina le imitó para evitar ser humillada por el emperador, pero los guardias y los sirvientes se lo impidieron. Séneca, viendo que su muerte no llegaba, le pidió a su médico Eustacio Anneo que le suministrase veneno griego (cicuta), el cual bebió pero sin efecto alguno. Pidió finalmente ser llevado a un baño caliente, dónde el vapor terminó asfixiándolo, víctima del asma que padecía…

Séneca es uno de los pocos filósofos romanos que siempre ha gozado de gran popularidad (al menos en la Europa continental). Su obra ha sido admirada y celebrada por algunos de los pensadores e intelectuales occidentales más influyentes: Erasmo de Rotterdam, Michel de Montaigne, Descartes, Rousseau, Quincey, Dante...

Además, la influencia de Séneca se deja ver en todo el Humanismo y demás corrientes renacentistas. Sus afirmaciones, de carácter claramente estoico, sobre la igualdad de todos los hombres, la propugnación de una vida sobria y moderada como forma de hallar la felicidad, su desprecio a la superstición, sus opiniones antropocentristas... se harían un hueco en el pensamiento renacentista.

Aunque, quizás, analizando su vida, y a pesar de abrazar el estoicismo y de ser uno de sus máximos exponentes, no parece que viviese de acuerdo a esos principios que proponía y defendía. Ya en su propio tiempo fue tachado de hipócrita, fue acusado de haberse acostado con mujeres casadas, las cartas que desde su destierro en Córcega envió a Roma rogando, de la forma más servil y humillante, por su perdón tampoco parecen típicas de un estoico. La carta al Senado justificando el asesinato de Agripina ha sido siempre vista como algo imperdonable, y de gran bajeza moral; ante otros actos de Nerón, como el asesinato de Británico o la repudiación de su primera esposa Octavia, Séneca siempre guardó un silencio que muchos han visto como cobardía e incluso aquiescencia.

Por no mencionar la fabulosa fortuna que parece que amasó, algo no demasiado característico de los estoicos.
Sea como sea, Séneca ha pasado a la posteridad como uno de los más tristes ejemplos de un hombre que falló en vivir según sus propios ideales.

Y su obra es de una riqueza impresionante, tanto sus diálogos, como sus cartas y sus tragedias, en las que deja más que clara sus ideas y posturas filosóficas (no escribió ninguna obra sistemática de filosofía). Sus discursos, así como diversas obras científicas, se han perdido, pero entre los numerosos escritos que se conservan destacan las “Cuestiones Naturales” (54 d.C.), siete libros en los que se analizan los fenómenos de la naturaleza desde un punto de vista estoico, y que hacen referencia a alguno de los cuatro elementos; la “Epístola a Lucilio” (63-64), 124 cartas dirigidas a un amigo; y varios tratados estoicos sobre temas como la ira (41-44), la serenidad mental y el retiro filosófico (55-56). Sus diálogos y tratados morales son más humanos y persuasivos que dogmáticos, y hacen gala de una gran humildad. También escribió nueve tragedias en verso.